Algunas ausencias pesan como el aire detenido en un patio vacío; otras, como Rosalía, continúan balanceándose en mi memoria, insistentes y silenciosas.
A medida que los años avanzan y la noche se vuelve más espesa, un pensamiento sin nombre retrocede el tiempo y me castiga con su dulzura: ¿dónde estará Rosalía, mi compañera de columpio?
Nos conocimos en una ciudad ocupada por silencios. A mediados de los años sesenta, la capital todavía olía a pólvora y obediencia, y las botas extranjeras marcaban el pulso de la vida cotidiana. Yo vivía en “el patio”, una casa de los Trujillo que, tras la caída de la tiranía, fue ocupada por decenas de familias, frente a la Embajada de los Estados Unidos, donde el país parecía observarse a sí mismo a través de un cristal blindado.
Rosalía, de piel blanca, vivía en una casa de Gazcue, rodeada de vegetación, con jardín y un patio encantador. Su diseño, inspirado en modelos internacionales, parecía ajeno al ruido inmediato del país, como si la vivienda hubiera sido pensada para mirar hacia afuera y protegerse a la vez.
Yo, con un sancocho de razas por dentro, asistía a una escuela pública en San Carlos. Nunca hablamos del origen: la infancia no clasifica, apenas convive. Las diferencias sociales, como las heridas, se aprenden después, cuando ya es tarde.
Recuerdo a su padre: vestía de traje y corbata, impecable. Era golfista; lo veía salir a practicar los fines de semana, como si ese deporte también formara parte de su manera de habitar el mundo. Nunca supe en qué lugar se perdían sus días. Para mí, esos hombres simplemente atravesaban una puerta invisible y desaparecían en la ciudad, regresando al anochecer con un cansancio que no dejaba huellas.
Mi madre, en cambio, vendía números para la lotería de los domingos y lavaba ropa ajena para sostener la casa. No era oficio ni vocación: era necesidad. Sus manos hinchadas no sanaban; el agua, el jabón y la ropa de los soldados gringos se habían quedado a vivir en su piel. Entre ese cansancio y las cuentas por pagar se levantaba nuestro hogar.
Nunca he podido precisar cómo nos conocimos. Tal vez fue el azar, o esa complicidad silenciosa que solo la niñez conoce, capaz de unir mundos que los adultos se empeñan en mantener separados.
Tal vez por eso el columpio nos igualaba. Allí no había apellido, ni oficio, ni promesa. Solo el cuerpo suspendido, el cielo acercándose y alejándose, el tiempo reducido a un movimiento elemental. La infancia es eso: un instante en el que la gravedad aún no decide.
Luego vino la separación. A finales de los sesenta regresé a mi pueblo natal sin despedirme. No había teléfonos ni palabras capaces de atravesar la distancia. La vida se cortaba sin ceremonias, como se cortan las cosas que todavía no sabemos nombrar.
Desde allí supe de la muerte de su padre en el accidente aéreo del vuelo 603 de Dominicana de Aviación, ocurrido el 15 de febrero de 1970. La noticia llegó como llegan las tragedias a los pueblos: tarde y sin consuelo. En los días siguientes, los periódicos nacionales publicaron páginas enteras de condolencias, firmadas por empresas, instituciones y nombres que yo no alcanzaba a comprender. Yo era apenas un niño y ya aprendía que el dolor puede ser público y, al mismo tiempo, profundamente ajeno; que no siempre se sufre donde ocurre.
Los años pasaron. Volví a la capital, busqué su casa y encontré un colegio. La ciudad había reemplazado la memoria por un edificio funcional. Comprendí, entonces, que perder a alguien no siempre implica una despedida; a veces basta con que el espacio cambie.
Nunca volví a saber de Rosalía. No sé si tuvo hijos, si vive lejos, si alguna vez recordó aquel columpio. Quizás Rosalía siga en algún lugar, balanceándose todavía en la memoria de otro.
Y yo, desde aquí, continúo empujando el columpio del recuerdo, esperando que el vaivén me la devuelva, aunque sea por un instante, antes de que la noche termine de cerrarse.






