Aún temblaba el rocío cuando Úrsula avivó el fogón y coló el café para Pancho, que ya se perdía rumbo al conuco. La casa de tablas de palma, cobijada con yaguas ya ennegrecida por los años, quedó impregnada de su aroma oscuro.
Luego fue al patio. Recogió los huevos uno a uno, con manos suaves, y los acomodó en su canasta de higüero. Eran huevos criollos —los mejores para los ponches— y ella los llevaría al pueblo a venderlos. Ensilló el burro –flaco, testarudo y fiel- y montó con Luisito, su nieto de cinco años, apretado a su cintura.
El camino respiraba lodo rojo bajo las patas del animal. Pasaron frente al cementerio municipal y, más adelante, apareció el viejo puente de tablones, con huecos abiertos como bocas oscuras.
El burro vaciló. Dio un paso en falso.
Y cayó.
Se desplomó al vacío, arrastrando consigo a Úrsula y a Luisito.
Astillas, barro rojo y llanto se mezclaron en el aire. Úrsula buscó primero la canasta: los huevos yacían rotos, derramados sobre la tierra encendida.
Abrazó a su nieto contra el pecho y, con la voz quebrada, dijo:
—“¡Ay, Luisito… los huevos, los huevos, Luisito!”





