Hay risas que no se pierden: el mar las guarda donde nadie puede olvidarlas.
En los años setenta, cuando el mar empezó a prometer algo más que horizonte, Río San Juan cambió de ánimo. Los barcos ya no eran rareza, sino destino. Los jóvenes se hicieron pescadores, buzos, hombres de mar, y regresaban del Banco de la Plata con los bolsillos llenos y la risa suelta, como si hubieran encontrado una manera de vencer la pobreza.
En medio de ese tiempo crecía Marcos Gómez García, en La Caña Amarga, donde la vida seguía siendo más dura que los sueños. Era un muchacho de ojos despiertos, de esos que no se resignan.
Vivía entre vecinos que no siempre estaban del todo en las cosas de este mundo: Tomasa, la del frente, hablaba sola a cualquier hora, y su hermana Sun andaba como distraída, ajena a lo que pasaba. Marcos se acostumbró a eso sin preguntarse mucho.
Hacía mandados para su madre en el colmado de Marino de los Santos, que siempre estaba sentado en su silla alta, mientras Miguel atendía a los clientes. En ese colmado no había música. Solo el ruido seco de las cosas necesarias.
Pero Marcos no quería una vida de silencios.
Una tarde vio en la televisión un programa infantil que le cambió el rumbo: El Sheriff Marcos, interpretado por Marcos de Córdova. Desde entonces, decidió ser otro sin dejar de ser él mismo. Se vistió de negro, se puso sombrero, y comenzó a llamarse el Sheriff Marcos. No era juego: era una forma de hacerse notar en un mundo que apenas lo miraba.
Empezó a frecuentar la cancha municipal. Caminaba con una seguridad prestada, hablaba como si el mundo le perteneciera, y poco a poco el pueblo comenzó a quererlo. Porque hay personas que no brillan por talento, sino por el empeño de existir con alegría.
Su gran momento llegó en el Festival de la Voz del Cine Thelma. Aquella noche, el pueblo entero parecía haberse metido dentro de esas paredes. Subían al escenario jóvenes que cantaban como si la vida se les fuera en cada nota: Ramón Emilio –Batatica- Díaz; Job Hernández; Mirna Alonzo; Rudy y Manuel Emilio -Papy Estévez; Félix George Reynoso… nombres que, por un instante, hacían olvidar el cansancio de los días y dejaban el aire vibrando mucho después de terminada la canción.
Y entonces subió el Sheriff Marcos.
Apenas empezó a cantar “Viejo amigo”, el desafine se volvió evidente, casi doloroso. Los músicos se miraron primero, y luego comenzaron a reír. Uno dejó de tocar. Otro se cubrió la cara. La risa creció, se regó por el cine como una ola inevitable.
Y en medio de aquella risa, hubo quien sintió vergüenza… pero también ternura.
Marcos no se detuvo.
Cantó hasta el final con una seriedad intacta, como si dentro de él la canción fuera perfecta. Cuando terminó, el maestro de ceremonia pidió las calificaciones. Cinco jurados levantaron sus paletas.
Uno.
Uno.
Uno.
Uno.
Uno.
Cinco en total.
—Me mató el jurado —diría después, siempre, con una mezcla de queja y orgullo.
Desde entonces, el Sheriff Marcos no fue solo un participante: fue parte del festival. El pueblo lo esperaba. Su presencia provocaba una risa distinta, una risa que no hería, sino que aliviaba. En un lugar donde la vida pesaba, él hacía que pesara menos.
Fue, sin saberlo, uno de los más queridos.
Pero el tiempo, como el mar, no se detiene.
Marcos creció y decidió irse a los barcos. No como buzo ni pescador, sino como cocinero. Era su manera de entrar en ese mundo que estaba cambiando la vida de todos. Y así empezó a viajar al Banco de la Plata, en travesías que duraban alrededor de siete horas mar adentro.
Hasta aquella noche.
El barco partió cargado de hielo y provisiones. La oscuridad se había cerrado sobre el mar, y todo avanzaba dentro de una calma espesa. Marcos subió a cubierta en algún momento de la travesía, cuando ya el pueblo quedaba lejos y el cielo era solo una sombra sin orillas.
El barco no tenía vigía.
Nadie vio el momento en que cayó. Nadie escuchó un grito. Solo el mar, que se lo llevó sin hacer ruido, como si supiera guardar secretos.
Fue cerca de las cinco horas de navegación cuando comenzaron a notar su ausencia. Faltaban aún unas dos horas para llegar al Banco de la Plata. Al principio pensaron que estaba en la cocina o descansando en algún rincón del barco. Pero no apareció.
El capitán ordenó regresar, siguiendo el rastro del barco, como quien intenta desandar lo irremediable.
Pero el mar no devuelve lo que decide quedarse.
El barco volvió al pueblo sin pesca.
Solo con la noticia.
Desde entonces, en Río San Juan, cada vez que alguien se ríe demasiado, hay quien mira hacia el mar.
Porque el pueblo se quedó con la risa del Sheriff Marcos…
y el mar aprendió a guardarla.






