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De San Luis a Silicon Valley: la renta básica universal y la nueva mendicidad

De San Luis a Silicon Valley: la renta básica universal y la nueva mendicidad

4 junio 2026 José Vantroy Reyes Opiniones

Mirando la delegación que acompañó al presidente Donald Trump durante su visita a China en mayo de 2026 y observando las caras de admiración de sus adinerados acompañantes al saludar al presidente Xi Jinping, me llamó especialmente la atención la alegría casi eufórica de Elon Musk, como la de un niño el Día de Reyes.
Ese comportamiento casi infantil contrasta con el hecho de que es uno de los principales promotores de ideas mucho más serias y preocupantes, como la Renta Básica Universal, presentada por muchos como una posible solución ante la catástrofe laboral que proyectan las inteligencias artificiales avanzadas. Una propuesta en la que ese mismo grupo de neo señores feudales tecnológicos y financieros parece visualizarse como el rey de Francia, San Luis, retratado en el óleo pintado alrededor de 1620 por Luis Tristán, donde se le observa repartiendo limosnas a una población empobrecida.


Esta propuesta no es nueva. Pensadores del siglo XVIII, como Thomas Paine, ya advertían sobre la necesidad de garantizar un ingreso mínimo, aunque desde una lógica muy distinta. Paine consideraba la tierra como un bien común y sostenía que quien hiciera un uso privado de ella debía compensar al resto de la sociedad. Es una visión muy diferente de la propuesta actual, donde los neo señores feudales pretenden construir una sociedad de mendigos, en la que ellos distribuyan dádivas desde sus palacios y donde, si te portas bien, puedas sobrellevar un poco mejor las precariedades y desigualdades heredadas de la etapa anterior.
En la era industrial, la riqueza podía justificarse parcialmente porque el empresario organizaba el trabajo humano, asumía riesgos y aportaba capital. Pero en una economía altamente automatizada, donde la producción depende de una inteligencia no humana entrenada con los conocimientos acumulados por generaciones, sostenida por infraestructura pública y alimentada por recursos naturales, ¿por qué una minoría debería apropiarse de la mayor parte del valor generado?
No se trata de Elon Musk. No se trata de Sam Altman. No se trata de Mark Zuckerberg. Se trata de las reglas de propiedad en una economía donde la inteligencia, la energía, el agua y los datos se convierten en los principales factores de producción.
La cuestión no es si los nuevos señores feudales son buenos o malos. La cuestión es si una sociedad donde unas pocas personas controlan sistemas de inteligencia artificial alimentados por recursos naturales, conocimiento colectivo e infraestructura pública es sostenible política y moralmente. Más aún, si al ampliar las desigualdades económicas, la propuesta de la renta básica universal terminará creando también una desigualdad psicológica, convirtiendo al ser humano en un sujeto económica y ambientalmente pasivo, mientras los neo señores feudales asumen el papel de benefactores.
Yo me inclino más por retomar la discusión planteada por Thomas Paine. Si la inteligencia artificial está entrenada con nuestros datos y necesita nuestra agua, nuestra energía y nuestros recursos, entonces la humanidad debería asumir el papel de propietaria. La inteligencia artificial podría gestionar el riesgo, la inversión y la innovación, y nosotros podríamos asignar una renta universal —un poco más que básica— a una élite que, en un mundo donde los costos y, por consecuencia, los riesgos tienden a cero, aporta cada vez menos a la ecuación productiva. Porque una élite codiciosa, en esas circunstancias, deja de ser un motor de progreso y se convierte simplemente en un mecanismo de extracción.

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