Por Ramón Leonardo
Hay una verdad muy sencilla que todos aplicamos en nuestros hogares: cuando el dinero cuesta ganarlo, uno busca la solución que funcione mejor, que dure más y que cueste lo justo. Nadie en su casa gasta el doble en algo que tarda el doble en hacerse si existe una alternativa mejor, más rápida y más hermosa.
Sin embargo, cuando vemos lo que acaba de pasar en un punto neurálgico de nuestra capital, la Plaza de la Bandera, nos damos cuenta de que para este gobierno la regla es exactamente al revés.
Recientemente inauguraron la obra. Nos la vendieron con gran parafernalia como el «gran logro» de la ingeniería. Pero hablemos con los datos en la mano, con el análisis frío que le duele a la propaganda, pero que le aclara los ojos al pueblo.
Para resolver el problema del tránsito en esa intersección, el gobierno prefirió la opción más compleja y costosa: un túnel subterráneo.
Miren los números de lo que hicieron frente a lo que se PUDO haber hecho con verdadero sentido común:
Lo que hicieron (El Túnel): Nos costó a todos los dominicanos entre 70 y 100 millones de dólares. Tardó entre 30 y 40 meses de trabajos que sofocaron el comercio y desesperaron a los conductores, dejándonos además una estructura con costo de mantenimiento altísimo y riesgo permanente ante lluvias extremas.
Lo que debió hacerse (Dos Elevados Arquitectónicos): Habría costado entre 30 y 50 millones de dólares. Se habría terminado en solo 14 a 20 meses y con un costo de mantenimiento mínimo.
Hagamos la resta, porque el presupuesto público no es dinero infinito; sale del sudor de cada contribuyente:
Ahí, en esa sola obra recien inaugurada, se enterraron de más entre 30 y 50 millones de dólares.
Se le robaron al país hasta 20 meses de tiempo y tranquilidad vial.
Y lo más doloroso: con una fracción de ese dinero que se gastó de más, la alternativa de los elevados no solo resolvía el tránsito igual o mejor, sino que permitía embellecer todo el entorno con iluminación artística, acabados de primera, jardines, pasos peatonales y ciclovías integradas con orgullo al Arco de la Plaza de la Bandera.
Entonces la pregunta obligada es: ¿por qué inaugurar la opción más cara, la más lenta y la que más sacrificó al ciudadano?
Duele decirlo, pero hay que ser honestos: nos acabamos de gastar el doble del dinero para obtener el mismo resultado vehicular, solo para que un funcionario pudiera cortar la cinta de un túnel.






