Desde hace casi 30 años, Río San Juan viene luchando por posicionarse no solo como un destino turístico natural, sino como un territorio con identidad cultural propia. El Carnavarengue, más que una fiesta, es una expresión viva de esa identidad: creatividad popular, tradición, memoria colectiva y economía cultural. Por eso, la decisión del Ministerio de Cultura de cancelar la dedicatoria del Desfile Nacional de Carnaval 2026 a Río San Juan, no es un simple revés logístico, es una señal alarmante de cómo la desarticulación local puede sabotear incluso las oportunidades ya ganadas.
La dedicatoria había sido anunciada oficialmente en abril del año pasado por el propio ministro de cultura, el Sr. Roberto Ángel Salcedo, y no era una promesa vaga ni un rumor político, era un reconocimiento nacional al Carnavarengue, a sus fundadores y a todo un pueblo. Sin embargo, esa distinción se perdió “por falta de coordinación interinstitucional”, traducido al lenguaje llano: “no supimos ponernos de acuerdo”.
En ese fracaso colectivo, el Ayuntamiento de Río San Juan y su alcalde, el Sr. Lenin Melo, no puede quedar al margen de la responsabilidad. Lejos de asumir su rol de articulador y liderazgo, la gestión municipal ha contribuido a profundizar la división, la confusión y el enfrentamiento entre actores culturales. En lugar de trabajar por la unión de un pueblo y por lo que verdaderamente importa, el alcalde ha optado reiteradamente por colocarse en un papel víctima, evadiendo su responsabilidad como principal autoridad local, un papel y relato que solo los suyos están obligados a creer.
Para mala fortuna del municipio, esta administración tampoco ha logrado conformar un equipo con visión de bien común, sino más bien un entorno marcado por intereses personales, arrogancia y politiquería. Una gestión que gobierna desde el ego y no desde el consenso termina pasando factura, no solo a la institucionalidad cultural del municipio, sino también a la credibilidad y proyección política de quien la encabeza.
El Carnaval Nacional dedicado a Río San Juan no era un regalo, era una plataforma estratégica. Una vitrina para mostrar talento local, para fortalecer el turismo cultural y consolidar una narrativa propia más allá de sol y playa. Era una oportunidad para decirle al país: ¡Aquí hay cultura, aquí hay historia, aquí hay gente creando!
Lo que ocurrió debe servirnos de lección. Río San Juan no puede seguir rehén de las rivalidades personales ni de la politiquería. La cultura no puede organizarse desde el resentimiento ni desde la exclusión. Carnavarengue no puede seguir siendo un instrumento político de quienes no tienen un programa de desarrollo municipal qué ofrecer, porque el Carnavarengue y su esencia es la cultura, así fue ideado y pensado por sus fundadores. O nos reunimos entrono a una agenda común, o seguiremos viendo cómo oportunidades como estas pasan de largo. Carnavarengue merece más que improvisación y conflictos, merece planificación, institucionalidad, respeto y visión de futuro. Río San Juan merece autoridades y liderazgos capaces de anteponer el bien colectivo al protagonismo individual y político.
Pero la pregunta ya no es por qué perdimos esta dedicatoria, la verdadera pregunta es: ¿Qué vamos a hacer para no volver a perder próximas oportunidades?






