
En un recodo verde del campo de Río San Juan, donde el cacao huele a tierra mojada y los gallos anuncian la claridad antes que el sol, crecía Paco, con apenas doce años y un mundo demasiado grande para su edad.
Cuando la lluvia caía, el techo de zinc de la casa de tabla y palma retumbaba como un tambor, mientras las paredes crujían bajo el bullicio de sus diez hermanos. Allí también vivía Brígida, la hermana de crianza, que no había nacido de la sangre, pero sí del destino.
La Noche Buena fue ruidosa y luminosa. Hubo puerco asado, guisado humeante y ponche con alcohol servido en vasos desiguales. Los cohetes estallaban a lo lejos y alguna radio vecina dejaba escapar merengues viejos. Paco, curioso y deseoso de sentirse grande, probó del ponche más de la cuenta. Nadie le prestó demasiada atención; era Noche Buena y la alegría tenía permiso.
Al día siguiente —día de resaca, de platos sucios y silencios espesos— la casa amaneció distinta. Más limpia que nunca.
Brígida se levantó antes que el alba. No habló. No cantó. No reprendió a nadie. Su silencio se convirtió en oficio. En la cocina de afuera, al costado de la casa, blanqueó la hornalla hasta dejarla blanca como papel recién estrenado, como si preparara una despedida. Nadie entendió que aquella blancura era un presagio.
Mientras tanto, la fiesta le pasaba factura a Paco.
El estómago, que no sabe de valentías infantiles, comenzó a reclamar lo suyo.
Una vez la bacinilla.
Dos.
Tres. Llena.
Y otra vez.
Afuera llovía sin tregua, como si el cielo también purgara excesos. El zinc cantaba su canción metálica sobre el techo. La madre, ya inquieta, lo envolvió en un mantel blanco.
—Vete a la letrina del patio —le dijo.
Eran las once de la noche cuando Paco, sin ropa interior para correr ligero, se cubrió con el mantel y salió bajo la lluvia. Atravesó el patio como un pequeño fantasma blanco, mientras el zinc del techo seguía golpeando su música de agua.
La letrina estaba al fondo, más allá de la mata de coco, bajo la sombra húmeda de las naranjas.
Fue entonces.
Algo grande lo abrazó por la espalda.
Un cuerpo sólido, olor a sudor y monte.
Paco no alcanzó a gritar.
La noche lo apagó.
La fuerza lo cargó y lo montó en un caballo, atravesado sobre las piernas del jinete. El animal resopló y echó a andar por el camino lodoso. Avanzaron hasta llegar al río que partía la comunidad en dos, ese mismo río donde los muchachos pescaban guabinas y las mujeres lavaban ropa cuando el verano bajaba el caudal.
El caballo se internó en el río que cruzaba la comunidad. El agua crecida golpeaba sus patas mientras la corriente arrastraba hojas y ramas oscuras. Paco colgaba sin fuerzas, envuelto en el mantel blanco, mientras la noche y el río parecían tragarse el camino.
Cruzaron.
Del otro lado, el monte se hizo más espeso y el camino más estrecho. A unos veinte minutos de la casa, llegaron a la entrada de una finca cercada con empalizada de malla brava, esa planta espinosa, parecida a la piña, que defendía el terreno como un ejército vegetal.
El jinete bajó la mano para abrir la tranca del portón.
En ese instante, la cabeza de Paco colgó como un péndulo… y el muchacho comenzó a volver en sí.
El grito salió primero.
Luego, el cuerpo.
Un chorro incontenible bañó al hombre y al caballo con la vergüenza líquida del miedo.
La fuerza, furiosa y asqueada, lanzó a Paco contra la empalizada de malla que custodiaba la entrada de la finca. Las espinas lo recibieron sin misericordia.
Cuando la familia notó su ausencia, salieron al campo con lámparas humeadoras. Lo encontraron dos horas después, enredado en la malla, arañado, sucio, temblando.
Desde entonces, la versión fue una sola:
—A Paco se lo llevó el diablo.
Su padre dejó de enviarlo a buscar caballos y mulos a la finca de cacao. Los vecinos comenzaron a mirarlo con recelo. Algunos niños ya no jugaban con él. El miedo, cuando no entiende, inventa.
Sus padres decidieron llevarlo a la iglesia para santiguarlo. Pero aquel día, el cura pasó en su jeep junto a ellos y no se detuvo. Ya le habían advertido:
—Ese es el muchacho que se llevó el diablo.
Los años pasaron. El miedo se volvió anécdota, pero nunca explicación.
Brígida, tiempo después, se juntó con don Julio. Se fueron a vivir a la misma finca cercada con malla brava. Tuvieron hijos. La vida siguió su curso como el río después de la crecida.
Hasta que una noche de fiesta campesina, con un “picó” retumbando merengues bajo las estrellas, su cuñado se le acercó.
—Quiero hablar contigo.
Se apartaron del bullicio.
—¿Tú te acuerdas de aquella vez que te llevó el diablo?
Paco bajó la mirada.
—No me hable de eso.
Don Julio respiró hondo.
—No fue el diablo. Fui yo. Yo esperaba a Brígida esa noche. Quedamos en irnos juntos —dijo don Julio, con la voz más cansada que desafiante.
Él pensaba que a quien llevaba montada en el caballo, envuelta en la manta y aferrada a su cintura, era a su hermana Brígida. En la oscuridad y el apuro no distinguió más que el bulto cubierto y el silencio cómplice que creyó amoroso. Nunca imaginó que, en vez de ella, cargaba a Paco, tembloroso y medio oculto bajo la tela.
El mundo hizo silencio dentro de Paco.
La casa limpia. La hornalla blanca.
El silencio distinto de su hermana aquella mañana después de Noche Buena.
Paco levantó la vista.
—¿Y tú no pudiste tirarme en otro lado que no fuera en las mallas?
Don Julio lo miró, mitad culpa, mitad orgullo herido.
—¿Y tú? ¿Por qué tenías que cagarme?
Paco no respondió.
Paco comprendió aquella noche que no había sido el diablo quien lo había cargado por el campo, sino un hombre confundido en la oscuridad.
Pero en el campo las historias no cambian fácilmente.
Y durante muchos años más siguieron diciendo lo mismo:
—Ese es el hombre que se llevó el diablo.






