Debe ser difícil, hasta para un sinvergüenza, tener la poca vergüenza de presentar una declaración jurada de bienes cuando los “bienes” que se poseen no pueden ser justificados ante la ley de los hombres y ante la ley de Dios.
En mi infancia uno le decía a otro que afirmaba algo que no aceptábamos: jura y el otro contestaba: por la pat’el cura.
Quizá a muchos de esos desheredados de la fortuna que se toparon en el gobierno con vetas de oro, de dólares, de cocaína, de contrabandos, de tráfico de influencias, de compras sobrevaloradas en beneficio del comprador, de compras subvaluadas en beneficio del firmante de la orden, a muchos de esos convertidos de la noche a la mañana en herederos del erario, les resulta difícil acotejar lo que tenían y consignar lo que tienen.
No importa que un abogado o un contador público certifiquen la firma de quien presenta la declaración como que tiene esos bienes que dice tener, lo importante es de dónde salieron esos bienes, de quién fueron heredados (ninguno de ellos heredó siquiera la vergüenza, puesto que no la tienen), cuántos años tienen trabajando que no fueran dos o tres como activistas (vendiendo el periodiquito y uno que otro bono, que eran ingresados en los fondos del partido.
¿Cómo es que de pedir colillas de cigarrillos baboseadas se puede pasar a ser socio importante de negocios de combustibles? ¿Cómo se brinca de vago de la esquina del colmado del barrio a precandidato presidencial?
En Estados Unidos una declaración jurada es una prueba de la palabra empeñada, de la seriedad de lo que se afirma, del peso de lo que se dice. Allá el perjurio, el juramento en falso, es castigado de manera ejemplar. Se tiene la palabra en un concepto tan alto que pasó de la buena educación religiosa: no robar, no levantar falsos testimonios ni mentir, a la educación doméstica: el uso de un pelo del bigote como garantía de la palabra empeñada. ¿Quién ha dado, en los últimos años, tanto valor moral, ético, habitual a una declaración jurada en nuestra sociedad?
¿Por qué, piensa usted, es tan difícil mantener en el tiempo una sociedad por acciones sin que haya un escándalo mayúsculo porque Don Fuaquefuáque, engañó a Don Ñengueñengue? ¿Cuántas veces se ha visto que los juramentos de amistad, solidaridad, hermandad son tan frágiles como una imagen en el charco de un río a la que se le arroja una piedra?
Se necesita un nuevo mecanismo para determinar los bienes de un funcionario: que cada quien demuestre a una comisión multipartidista (no me hablen del Congreso) el origen de los bienes que declara, antes de que tome posesión del cargo.