Después de todo, los países de Latinoamérica, y del mundo, debemos agradecerle al actual presidente de los Estados Unidos, pues ha tenido la sinceridad, la valentía si se quiere, de quitarse la máscara y mostrar la verdadera cara de la política exterior norteamericana.
Ya en épocas muy tempranas comenzaron a desarrollar su política imperial, enarbolando la doctrina del destino manifiesto, según la cual Estados Unidos debe controlar todo el continente y establecer su “espacio vital”.
En 1846 invadieron México, que ya era una nación libre, robándole más de la mitad de su territorio (lo que hoy son los estados de California, Arizona, Nuevo México, Texas, Utah, y partes de Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma). De igual forma aprovechó la debilidad del Imperio español y le declaró la guerra para quedarse con Cuba y Puerto Rico.
Su política imperial ha sido más cruda o sutil, pero siempre ha estado ahí. Plagaron de dictaduras el continente americano, imponiendo gobiernos ilegítimos y criminales, pero serviles a sus intereses.
Siempre tienen alguna excusa: en la Guerra Fría era el “comunismo”; luego fue el “terrorismo”; ahora el “narcotráfico”. Se inmiscuyen en los asuntos internos, hacen caer gobiernos, chantajean, imponen bloqueos, etc. Ahora la moda son los aranceles.
El presidente Trump nos ha hecho el favor de mostrarnos la cara real, cruda, sin caretas del imperialismo norteamericano. Nos ha recordado que los países no somos iguales y que quien tiene la fuerza puede hacer lo que se le antoje… Incluso sin la aprobación de su propio Congreso.
Ha mostrado que organismos como la ONU y la OEA son incapaces de cumplir los principales objetivos para los cuales, en teoría, fueron creados.
Mientras las 13 colonias inglesas se liberaron y se unieron en lo que hoy son los Estados Unidos, las colonias españolas nos convertimos en países separados, lo que nos dejó débiles e indefensos. Ahí está la gran diferencia. Pero nunca es tarde.



