Tanto por la lentitud reflejada en su proceso de ampliación como por el progresivo estado de deterioro que exhibe una porción significativa de las capas asfálticas aplicadas, todo indica que el Estado dominicano está compelido a prestarle una mayor atención al proyecto de remozamiento de la autopista Duarte.
La perezosa remoción percibida en la principal vía vehicular del país, además de poner de manifiesto ciertos detalles generados por la improvisación y la ausencia de racionalidad en materia de diseño, luce marchar al paso de la tortuga, olvidando sus ejecutantes la peligrosidad y consecuencias fatales que a diario son sometidos los miles de conductores que por obligación transitan por sus indecisos carriles.

La trascendental empresa ingenieril, iniciada a principios del mandato del licenciado Luis Abinader Corona, que tan pronto sea terminada podría ser considerada como una de las obras emblemáticas de su gestión gubernamental, dolorosamente, no parece ser parte del calendario de prioridades del actual gobernante.
Conforme a la realidad que ofrece a quien frecuentemente transita por la obra en referencia, la inesperada sustitución en la gerencia del Ministerio de Obras Públicas, el anuncio de una significativa inyección económica y la contratación de renombradas empresas constructoras, entre otras ejecutorias, de poco ha valido para la dinámica y la prontitud que exige la culminación del importante ramal carretero.
El panorama caótico, preocupante y deprimente que en el presente pone al desnudo la trascendental ruta que une la capital dominicana con la principal región productiva de la nación dominicana tiende a ratificar que tenemos un equipo de gobernanza raudo para dar un primer picazo, pero sumamente moroso para planificar y concluir obras exigidas por la dinámica y el crecimiento económico del país con prontitud, calidad y garantía de perdurabilidad.
De poco han servido las diversas excavaciones y los diferentes movimientos de tierra, en distintos puntos del trayecto carretero, en donde a pesar de la labor realizada, las corrientes y acumulación de agua, producto de algunas precipitaciones pluviales ligeras, continúan generando peligrosas situaciones que obligan a no olvidar la falta de una supervisión constante y eficiente.
Son esas y otras expresiones de deficiencias las que deben servir de referencia para que sus anuncios de realización no sean el producto del protagonismo, la búsqueda de estelaridad o la simple práctica del populismo político, sin antes aquilatar, en su justa dimensión, los requerimientos técnicos y económicos exigidos por el proyecto ingenieril que se desea ofertar.
Tal decisión, contrario a lo que muchas veces ocurre con la anunciación de importantes obras patrocinadas por el Estado, ha de ser formulada como parte esencial de un ineludible compromiso social, alejado de las algarabías, la emotividad y el novismo para evitar la desagradable experiencia que actualmente parecemos vivir con la remoción, sin aparente previsión, observada en la extensa y útil autopista Duarte.
¡¡Es tiempo de evitar nuevos tropezones…!!





