En distintos contextos políticos proliferan partidos y dirigentes “elásticos”: actores que ajustan discursos y alianzas según la conveniencia del momento, sin anclaje doctrinal claro. La adaptación es legítima; la incoherencia sistemática no. Cuando el cambio carece de justificación argumentada, se transforma en oportunismo.
A esta dinámica se suman ciertos comunicadores cuya conducta gelatinosa diluye la independencia profesional. En lugar de ejercer crítica, negocian beneficios con uno u otro bando, confundiendo información con propaganda.
Como advirtió Max Weber en El político y el científico, la política exige responsabilidad y coherencia entre fines y medios. Y en El hombre mediocre, José Ingenieros señaló el riesgo del individuo sin ideales firmes.
La elasticidad permanente no fortalece la democracia; la debilita. Sin principios estables, la confianza pública se erosiona y la deliberación se reduce a cálculo inmediato. Sin coherencia mínima, no hay proyecto político sostenible ni espacio informativo confiable.




