Tampoco terminó la escuela. En su casa lo mandaron a vender unos ricos dulces de maní desde que tenía 8 años. El trabajo no le permitía continuar en la escuela. Veía algunos amiguitos que pasaban con sus mochilas llenas de libros, lápices, cuadernos y otros utensilios.
Le pidió a su papá que lo inscribiera en esas escuelas donde dan desayuno y almuerzo a los alumnos, pero la mamá gritó desde la cocina ¿Y qué vamos a comer si no traes el diario? Yo fajada el día entero haciendo canquiñas, ricos dulces de coco de azúcar prieta, en la tarde bobotes de yuca que compran algunos vecinos para la hora de la cena.
¿Si tú no trabajas de dónde sacamos el dinero comer? Insistió la madre. Y Juan volvió a su esquina a vender dulces de maní y de coco, canquiñas.
En casa no había ni para comprarle unas soletas de goma de camión, hacía filas y se acababan los zapatos y los uniformes antes de que llegaran donde él. Todos los años es lo mismo.
Aquel año pasó tan rápido que se dio cuenta ya inscribían en la escuela donde daban desayuno y comida, uniformes, zapatos y libros y clases. No importó lo larga que era la fila, llegó el diputado y se llevó la mitad de lo que se repartiría. El director no dijo nada.
El diputado era un tíguere del barrio que ahora privaba en finolis, reloj, zapatos, cadena, carro. Ahora exhibía riquezas. Nunca fue a la escuela. Aprendió en la calle, el abuso, el robo. Lo salvó su inscripción en el partido donde hizo carrera como bueno para todo lo malo.
Le gustaba salir a trabajar porque en las esquinas había aire, las casas no estaban recostadas de las otras, compartiendo una pared de cartones viejos, pedazos de asbesto, desechos de la construcción.
Estaba mejor en la esquina mirando las mujeres que pasaban y cuidándose de los otros muchachitos, algunos de los cuales, formaban parte de grupos que registraban los bolsillos de los más inocentes, de los más vulnerables, de los que no pertenecían a ninguna banda.
Una y otra vea me robaban, me golpeaban y me decían que eso se acabaría “cuando entres en la banda”. Me metí en una banda. Compartimos lo que levantamos en las calles. Unos vendemos, algunos hacemos de pordioseros, otros roban. Ahora llevo a casa un diario más rendido. La escuela es un sueño lejano.
Siempre vemos películas de policías y ladrones. Los ladrones viven bien hasta que aparece un policía serio que los apresa.
No sé si me meta a policía, que siempre ganan en las películas, pero es que los de verdad viven tan mal como todos en el barrio. (Hoydigital)