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La niebla sintética desafía al periodismo

La niebla sintética desafía al periodismo

6 enero 2026 Víctor Bautista Opiniones

Mientras el mundo esperaba una confirmación oficial, la inteligencia artificial ya había capturado a Nicolás Maduro miles de veces en la pantalla de nuestros teléfonos. En cuestión de horas circularon videos hiperrealistas de arrestos inexistentes, convoyes militares en escenarios irreconocibles y audios aparentemente verosímiles que anunciaban el fin del régimen. La crisis venezolana se desarrolló en el terreno político y también en un espacio mucho más complejo y peligroso: el de la percepción pública construida con imágenes sintéticas.

Lo ocurrido marca un punto de inflexión en la historia de la comunicación contemporánea. No se trató únicamente de desinformación tradicional ni de propaganda política, sino de una auténtica niebla sintética, producida por algoritmos capaces de fabricar hechos visuales con una credibilidad que desafía incluso al ojo experto. Una coyuntura geopolítica de alto impacto se convirtió en un laboratorio en tiempo real donde la verdad compitió, en condiciones desiguales, con representaciones artificiales diseñadas para parecer reales.

Desde una lectura hemerocrítica, el comportamiento del ecosistema informativo durante las primeras horas del proceso fue revelador. Antes de que agencias como AP o Reuters pudieran confirmar cualquier movimiento en Caracas, las redes sociales ya habían dictado sentencia. La imagen de Maduro esposado circuló con una velocidad que ninguna estrategia de verificación podía igualar. La lógica algorítmica se impuso a la lógica periodística, y lo inverosímil desplazó momentáneamente a lo veraz.

Aquí emerge el primer gran desafío ético para el periodismo: la imagen ha perdido su estatuto ontológico de prueba. Durante décadas, la fotografía y el video funcionaron como extensiones del testimonio. Hoy, en cambio, se han convertido en artefactos sospechosos por defecto. La proliferación de contenidos generados por IA ha roto el pacto implícito entre medios y audiencias: ver ya no equivale a creer.

Paradójicamente, fue el silencio de los grandes medios lo que terminó funcionando como señal de rigor. Mientras X, Telegram y YouTube “arrestaban” a Maduro una y otra vez, los diarios de referencia optaron por la cautela extrema. No fue un silencio por desconocimiento, sino por responsabilidad. En un entorno saturado de imágenes fabricadas, no publicar también se convirtió en una manera de informar.

Cuando finalmente aparecieron las imágenes oficiales —Maduro bajo custodia, en un entorno institucional verificable— se produjo un fenómeno revelador, en el que incluso la verdad fue puesta en duda. El régimen chavista intentó deslegitimar las pruebas reales calificándolas también como productos de inteligencia artificial. La IA, así, no solo había servido para crear falsedades, sino para erosionar la credibilidad de los hechos auténticos. La verdad tuvo que defenderse de parecer falsa.

Este punto es crucial para comprender la dimensión ontológica del problema. En la era del deepfake, la verdad ya no se sostiene solo por su correspondencia con los hechos, sino por la autoridad de quien la valida. La “prueba de vida” dejó de ser un trámite jurídico para convertirse en un acto comunicacional decisivo. La institucionalidad reapareció como último refugio frente al colapso de la confianza visual.

Para quienes trabajan en gestión de crisis y reputación, el episodio deja una advertencia contundente. La inteligencia artificial ha democratizado la capacidad de fabricar hechos simbólicos. La desinformación ya no busca únicamente engañar; busca agotar, saturar y confundir hasta que el ciudadano renuncie a distinguir. En ese contexto, la crisis no es solo informativa, sino cognitiva.

El periodismo, si quiere sobrevivir, tendrá que asumir una transformación profunda. Ya no basta con reportar rápido ni con contrastar fuentes humanas. Será imprescindible comprender cómo se construyen las imágenes, cómo se degrada la trazabilidad digital y cómo operan los sesgos emocionales que facilitan la viralidad de lo falso. De esa manera, la hemerocrítica del siglo XXI será necesariamente forense.

La crisis venezolana nos deja, en el fondo, una lección incómoda pero necesaria respecto a la ética periodística, que ya no es solo una cuestión de principios; también lo es de método. Frente a la información sintética, la verdad no compite en espectacularidad, sino en credibilidad. Y esa credibilidad solo puede sostenerse desde la lentitud responsable, la verificación institucional y la pedagogía pública.

¿Estamos ante el nacimiento de una nueva etapa del oficio? En la guerra informativa del siglo XXI, el frente más peligroso no es el territorial ni el ideológico, sino el que se construye píxel a píxel en la palma de la mano. Si el periodismo renuncia a su función ontológica de distinguir lo real de lo fabricado, la crisis dejará de ser coyuntural y se volverá permanente.

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