Qué paradójica resulta la vida. En aquellos años de juventud, cuando el dinero escaseaba —o simplemente no existía—, la felicidad parecía estar siempre al alcance de la mano. Bastaba con un grupo de amigos, el sonido de la música a lo lejos y el rumor del mar para que la Semana Santa se convirtiera en una experiencia inolvidable.
Íbamos a la discoteca sin preocuparnos por el mañana, pasábamos el día entero en la playa, bailábamos sobre la arena caliente y, en más de una ocasión, nos sorprendía el amanecer entre fogatas, risas y alguna que otra botella de ron compartida.
No había lujos, pero sobraba la vida.
Hoy, con mayores recursos económicos, la historia parece haberse invertido. Tenemos más, pero disfrutamos menos. Las responsabilidades, la distancia y las circunstancias nos han ido alejando de aquellos momentos simples que, sin saberlo, eran profundamente valiosos. Ya no es tan fácil escaparse a la playa, ni perderse en una noche de música sin mirar el reloj, mucho menos amanecer junto al mar como si el tiempo no importara.
Y para quienes vivimos en la diáspora, la sensación se intensifica. La nostalgia no solo toca la puerta, la derriba. Pensar en nuestros amigos, en nuestra gente, disfrutando de una Semana Santa como las de antes, mientras nosotros la vemos pasar desde lejos, casi en silencio, nos deja un vacío difícil de explicar. Es como si una parte de nosotros siguiera allá, anclada en esos recuerdos que el tiempo no logra borrar.
Quizás la verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero, sino en la libertad de vivir sin tantas ataduras. En la capacidad de disfrutar el presente sin medirlo todo en términos de productividad o compromisos. Hoy tenemos más recursos, sí, pero también más límites.
Y ahí radica la paradoja: crecimos buscando estabilidad, pero en el camino fuimos dejando atrás una forma de felicidad que no necesitaba nada más que ganas de vivir.
Tal vez no se trata de volver atrás —porque eso es imposible—, sino de encontrar la manera de reconciliarnos con esa esencia. De recordar que, aunque la vida cambie, siempre habrá espacio para rescatar aunque sea un poco de aquella libertad que nos hacía sentir invencibles, aunque fuera solo por una noche frente al mar.




