En esta era de lo estrafalario el comercio y el afán de ganancia imponen sus reglas y a ellas no escapan ni las cosas que una vez la gente tuvo por sagradas y venerables. La Semana Santa, en otros tiempos revestida del más solemne fervor religioso, pasó a la historia, y por obra y gracia del comercio, para muchos ya esa semana dejó de ser santa.
Me encontré ayer con una joven mujer, pariente mía, que me mostraba el traje de baño muy poco encubridor que había comprado y me dijo que como la Semana Santa es tiempo de reflexión, ese traje de baño era para irse “a reflexionar” con su novio en una playa.
Parecería que en vez de una semana tranquila, lo que se espera es una guerra. Las Fuerzas Armadas y la Policía se disponen a movilizar millares de sus efectivos, la Defensa Civil pone en acción sus voluntarios, instala y habilita centenares de puestos de socorro, con ambulancia y personal médico incluidos y, lo más desgraciado, el país se prepara a contar los muertos en pleitos, accidentes de tránsito, ahogamientos, intoxicación alcohólica y otras causas relacionadas con el desenfreno de la conducta de algunos.
Que me perdone el Director General de la Defensa Civil, mi entrañable Juan Salas, por usurparle sus funciones, pero como la velocidad es una de las causas principales de accidentes de tránsito, aquí dejo esta sincera invitación a la prudencia: “Si la muerte es segura, ¿para qué apresurarla? Reduzca la velocidad, amigo conductor”.
Porque si bien es cierto que ya el desenfreno y la inclinación al goce inmoderado, se llevaron de paro la vieja solemnidad de la Semana Santa, eso no significa que cada quien, en lo personal, como hombre o mujer responsable, tenga que dejarse arrastrar de esa ola amenazante. Si quiere divertirse puede y debe hacerlo, sin rebasar los límites de la prudencia y el deber.
Y aquí va otra recomendación. La paz del hogar y la tranquilidad de la ciudad vacía resultan agradables, pero si se decide a irse de paseo, le sugiero el nordeste. Respeto las bellezas deslumbrantes de las demás regiones de la tierra, pero, amigo mío, el que no conoce a Nagua no conoce este planeta. En el nordeste a la naturaleza se le fue la mano y trabajó horas extras para crear las cosas más bellas de este mundo. Hasta después de Semana Santa. Vale, como dicen los españoles.





