Río San Juan está pagando el precio de su propio encanto. El crecimiento acelerado del turismo, aunque beneficioso para la economía local, comienza a dejar huellas visibles en espacios naturales que durante años permanecieron intactos.
Playa Gri-Grí y el recodo de agua mansa conocido como El Pontón, antes resguardados por la dificultad de acceso por tierra, reciben hoy un tránsito constante de turistas transportados en botes. Lo que fue silencio y preservación natural enfrenta ahora el riesgo de la saturación, un fenómeno que obliga a replantear el modelo de desarrollo que se está promoviendo.
Durante décadas, estos lugares conservaron su valor precisamente por su aislamiento. No eran solo paisajes atractivos, sino espacios de calma, identidad y pertenencia para la comunidad. La presión turística, cuando no está acompañada de planificación, amenaza con erosionar ese patrimonio natural y simbólico.
Resulta innegable que el turismo es uno de los principales motores económicos de Río San Juan. Decenas de familias dependen directa o indirectamente de esta actividad para su sustento. Restaurantes, guías, boteros, comerciantes y pequeños emprendedores encuentran en el visitante una fuente legítima de ingresos. Desconocer esta realidad sería irresponsable.
Sin embargo, el desarrollo no puede sostenerse sobre la degradación de los mismos recursos que lo hacen posible. La ausencia de regulación, límites claros y controles ambientales conduce, de manera inevitable, al deterioro irreversible de los espacios naturales. Cuando la explotación supera la capacidad del entorno, el daño deja de ser circunstancial y se vuelve permanente.
Río San Juan enfrenta hoy una decisión que marcará su futuro. Crecer sin perder su esencia no es una consigna romántica, sino una necesidad urgente. El desafío no es frenar el turismo, sino ordenarlo, gestionarlo y someterlo a reglas claras que protejan el interés colectivo por encima de la ganancia inmediata.
Preservar no es oponerse al progreso; es una obligación moral y estratégica. El turismo que no se regula termina destruyendo aquello que lo sustenta. Cuando se agotan los recursos naturales, también se agota el interés del visitante y se hipotecan las oportunidades futuras de la comunidad.
Si Río San Juan permite que sus espacios naturales se deterioren por falta de control y visión, el costo será irreversible. No bastarán campañas promocionales ni discursos oficiales para recuperar lo perdido. El momento de actuar es ahora. Porque el desarrollo sin límites no es desarrollo: es negligencia. Y la negligencia, tarde o temprano, se paga.






