IV.- Vale, coma coco

Mauricio no solo vivía del mar; también sabía hacer negocio con él. Rentaba su cayuco por cincuenta centavos al día, de 10:00 de la mañana a 5:00 de la tarde, y era puntual como campana de iglesia. Cuando se lo alquilaba a Tato Perozo y sus hermanos, ya a las 4:30 estaba plantado en la orilla, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte, esperando el regreso. Si alguien se pasaba del horario, no discutía mucho; simplemente sentenciaba:
—A ti no te lo alquilo más.
El mar podía ser ancho y caprichoso, pero para Mauricio el horario era sagrado.
Pero aquel día lo usó para diligencias personales. Tomó el cayuco y remó hacia el oeste, cruzó la boca del río San Juan y llegó a un cocotal propiedad de Juanico Adames.. En esos tiempos abundaban por esa zona las uvas de playa, y Mauricio amarró su cayuco justamente debajo de una mata cargada, como quien estaciona en sombra privilegiada.
Sus pies descalzos comenzaron a sentir la arena gris, recién bañada por la marea, extendida abajo como un manto húmedo y tibio. Sin mucho trámite, trepó una mata de coco y comenzó a tumbarlos con eficiencia.
Pero quien lo sorprendió no fue el dueño, sino el encargado de la finca, José Sosa. Apareció con machete en mano y le gritó desde abajo:
—¡Baje de ahí, Vale, que usted está preso!
Mauricio, imperturbable, dejó caer otro coco y le gritó.
—¡Vale coma coco… coma coco, Vale!
Sosa, furioso, dio un planazo con el machete en el tronco de la mata.
—¡Baje de ahí, Vale, que está preso!
Pero Mauricio no descendió hasta tumbar el último coco. Solo entonces bajó con calma, como si el arresto fuera parte del trámite. Comenzó a meter los cocos en su saco y a separarlos con meticulosidad:
—Estos son suyos… y estos son míos.
—Estos son suyos… y estos son míos.
José Sosa, ya fuera de paciencia, le gritó:
—¡Entre todos los cocos al saco, que usted no tiene ninguno!
—¡Camine, que está preso!
Mauricio cargó el saco lleno y comenzó a caminar rumbo al cayuco. En un descuido del encargado, lanzó el saco dentro de la embarcación, la empujó al agua y saltó detrás. En cuestión de segundos ya estaba remando con ventaja.
Y mientras se alejaba, le gritó a Sosa desde el agua:
—¡Usted no quiso cocos, Vale… pué coma mieida!
V.- El tiburón

Mauricio salió bien temprano, antes de que el sol comenzara a picar. Lo acompañaba su hermano Gabriel. Subieron al cayuco los ajuares de pesca: el nylon enrollado, las carnadas frescas y la cubeta plástica que Mauricio llamaba “cambucia”, por si el mar decidía meterse sin invitación.
Remaron mar adentro, hasta donde la tierra se vuelve una línea fina y el silencio pesa distinto.
Entonces apareció la sombra.
Desde abajo emergió un tiburón grande, serio, de esos que no vienen jugando. Embistió la proa del cayuco y la madera crujió. El bote se tambaleó. El animal se alejó unos metros, girando con calma peligrosa.
Gabriel, nervioso pero firme, tomó la maceta, el garrote grueso que usaban para rematar peces grandes antes de subirlos al cayuco.
El tiburón regresó, más rápido.
La aleta cortó el agua y volvió a golpear. Gabriel levantó la maceta dispuesto a descargar el golpe.
Y fue entonces cuando Mauricio gritó:
—¡Vale, no le dé… que seremos cadable!
Gabriel se quedó congelado un segundo. El tiburón pasó rozando, dio otro giro y, como si hubiese decidido que aquella presa no valía el esfuerzo, se perdió mar adentro.
El cayuco quedó meciéndose, con agua en el fondo y dos corazones latiendo fuerte.
Mauricio tomó la cambucia y empezó a sacar el agua con serenidad fingida.
—Déjalo quieto —dijo al fin—. Ese no vino a pescar.
Y ese día entendieron que en el mar no siempre gana el más valiente… sino el que sabe cuándo no dar el golpe.
VI. Las abejas de piedra
Mauricio tenía un ojo especial para la aventura… y otro aún más especial para la comida. Navegando cerca de los acantilados de Playa Grande, observó una colmena de abejas en medio del alcantarillado y decidió que días después debía volver por la miel. Convenció a su hermano Gabriel y planearon la expedición.
Se prepararon con todo: un pedazo de yaguacil para ahumar, un lazo para amarrarse, la cambucia para sacar el agua del cayuco y el cayuco listo para la maniobra. Remaron hasta el lugar y miraron el arrecife. Era alto, empinado… un desafío para cualquiera, pero no para Mauricio.
Subió por donde pudo, amarró el lazo a una mata cercana y prendió el yaguacil. El humo debía espantar a las abejas mientras bajaba como un militar de élite, cortando pedazos del panal y lanzándolos con precisión a Gabriel, que lo esperaba en el cayuco justo debajo.
Todo iba perfecto… hasta que se le cayó el yaguacil.
Las abejas “de piedra”, las más agresivas del Caribe, lo tomaron como objetivo personal. Comenzaron a picarle de inmediato.
—¡Vale, muévase que voy a coitai! —gritó Mauricio— ¡Muévase, Vale, muévase!
Gabriel, distraído o incrédulo, no escuchaba. Mauricio aguantó hasta que no pudo más. Cortó el lazo de un tirón y se lanzó al vacío.
Justo entonces, una ola enorme movió el cayuco y lo salvó: cayó a centímetros de la embarcación, emergiendo del agua todo picado, rojo y dolido, pero aún vivo. La cambucia, fiel compañera, flotaba a su lado.
Gabriel solo pudo ver cómo Mauricio recogía unos trozos de panal y murmuraba, con la picardía intacta:
—Bueno… pa’ probar, Vale… pa’ probar nomás.
Y desde ese día, en el pueblo se dice:
—Quien quiera miel, que aguante picá… como Mauricio.






