El 25 de Abril de 1965 instalé dos industrias de fabricar bombas Molotov en la esquina de la calle Palo Hincado con Padre Billini. ¿Cuántas bombas fabricamos? Sin cuenta. ¿A quiénes se las regalamos? A quienes las solicitaron.
Luisito Scheker me llevó nadie sabe cuántos galones de gasolina y cuartos de aceites, insumos imprescindibles para un coctel Molotov bien elaborado.
También me llevó gasolina y aceites Daniel Ozuna Hernández, el dirigente del Movimiento 14 de Junio, luego participante en el descubrimiento de las armas ocultas en el aljibe de la calle 30 de Marzo.
Quien luego trabajó en el Servicio Secreto de la Policía Nacional. Mi antiguo compañero de trabajo de la Dirección General de Rentas Internas en la segunda mitad de 1950.
Compañeros insaciables se llevaban el producto de las fábricas que desaparecía como por arte de magia.
Nunca pregunté cuál sería el destino final, solo continúe dirigiendo mis empresas, hasta que comencé a preocuparme de hasta dónde estaba dispuesto a llegar el pueblo en esa jornada, dado que tenemos el hábito de almorzar al mediodía.
Pensé, si paramos a mediodía para comer esto se jodió. El entusiasmo continuó igual. La gasolina y el aceite llegaban con la misma regularidad. Felizmente, mi temor había sido disipado por la acción colectiva del pueblo.
Ese mediodía doña Elena Prandy, doña Elena Majluta, doña Ligia Espinal, doña Yeni Castillo, doña Nena Vásquez de Díaz, la señora de Díaz Santil, la esposa del señor Mota y otras damas de Ciudad Nueva abrieron sus puertas, aderezaron las mesas con sus mejores manteles e iniciaron lo que se convirtió en una costumbre en la Zona Constitucionalista: llamar a todos los combatientes que pasaban por el frente de sus casas e invitarlos a comer, aunque no los hubieran visto nunca en su vida.
Esas mujeres de Abril dieron el paso al frente, contribuyeron con su ejemplo a que la costumbre se enraizara en la Zona, hasta que se formaron los Comandos cuya autosuficiencia alimentaria fue una de las preocupaciones, y de los grandes logros, del Gobierno en Armas presidido por ese Grande de la Historia que se llama Francisco Alberto Caamaño Deñó.
He sostenido, desde siempre, que hay miles de historias, vivencias, recuerdos, sucedidos, cuentos y anécdotas de la Guerra de Abril de 1965.
Y hay más, muchas más Mujeres de Abril, quienes con su abnegación, su cariño, sus consejos, su respaldo, tales como mi madre Nieves Piñeyro de Gautreaux, mi suegra, Cristina Hernández de Martínez, mis cuñadas, Socorro Guzmán y Teresa Berry de Martínez y Zoila Hernández, Miriam de Gautreaux mi esposa, y muchas más que actuaron, vivieron, participaron en el momento estelar de nuestras vidas, cuando vivimos la utopía.
Hay muchas otras Mujeres de Abril.