29 de noviembre de 1963. Los guerrilleros del frente Hermanas Mirabal estamos alzados en armas desde anoche, como parte de la respuesta del Catorce de Junio al golpe militar del 25 de septiembre contra el gobierno del profesor Juan Bosch.
Y aquí estoy. De uniforme verde olivo, mi brazalete verde y negro, mochila a la espalda y fusil en mano. Satisfecho. Por cumplir con mi deber revolucionario, por ser profeta armado en mi región de origen, un pedazo francomacorisano de las montañas de América, predicando a los oprimidos que la redención se conquista a hierro y fuego.
Euclides Morillo me coloca de centinela. Debo estar alerta. Homero Hernández, que hierve de entusiasmo, viene a conversar conmigo. Me dice que nos sentemos en el suelo y le obedezco, aunque mi campo visual se reduce.
De pronto, oímos pasos desde una dirección inesperada. Nos tendemos en tierra en posición de tiro. Pero aparece un niño que se sorprende al vernos. Lo tranquilizamos, nos dice su nombre, Alfredo. Camina regularmente por allí porque su padre trabaja en el cacaotal donde nos hallamos. Tendrá doce o trece años, aunque ya parece un hombrecito.
Homero mismo lo lleva ante el comandante Rafael Cruz Peralta, vuelve donde mí y nos desentendemos del menor, pero a poco, aquí vuelve Alfredo, a quien ingenuamente lo han dejado libre mientras la guerrilla quedaba a merced de la discreción de un niño.
Por suerte, en vez de irse a propagar nuestra presencia, ha vuelto, con su pantalón de fuerte azul y su camisita gris muy planchaditos, porque viene dispuesto a irse con nosotros.





