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Creo que estoy viejo

Creo que estoy viejo

25 agosto 2026 Angel La Paz Opiniones

Creo que estoy viejo. Lo digo con toda sinceridad, porque hay cosas que antes disfrutaba, o por lo menos toleraba, y que hoy me resultan insoportables. Una de ellas es la música demasiado alta. Otra, y quizás más difícil de entender en estos tiempos, es el ruido excesivo en los escenarios deportivos.

Me he dado cuenta de que algo está cambiando en mí… o quizás simplemente estoy envejeciendo.

Recuerdo el Mundial de Fútbol de Sudáfrica 2010. Mientras millones de personas disfrutaban de aquella fiesta futbolística, yo tenía una preocupación que probablemente a pocos les importaba: las famosas vuvuzelas.

Aquellas cornetas se convirtieron en uno de los símbolos de ese Mundial. Para muchos eran parte del ambiente, de la pasión y de la cultura futbolística sudafricana. Para mí, sin embargo, eran una tortura.

Cada vez que comenzaba un partido y el estadio se llenaba con aquel sonido ensordecedor, pensaba en los jugadores. Me preguntaba cómo podían comunicarse entre ellos, cómo podían escuchar las indicaciones de sus compañeros o del entrenador y, sobre todo, cómo podían concentrarse en medio de semejante estruendo.

Quizás los jugadores estaban acostumbrados. Quizás era yo el que no entendía la nueva manera de vivir un espectáculo deportivo.

Pero el problema no terminó en Sudáfrica.

Cada vez que observo un partido de béisbol de invierno en la República Dominicana, me vuelve a ocurrir lo mismo. Hay fanáticos que llevan sus cornetas y las hacen sonar con entusiasmo durante buena parte del encuentro. Y mientras algunos celebran, yo, desde mi casa, comienzo a buscar el control remoto.

No es que esté en contra de la alegría. ¡Dios me libre!

El deporte necesita pasión. Necesita aficionados que griten, que celebren, que canten, que apoyen a su equipo y que hagan sentir al jugador que no está solo. Un estadio silencioso puede ser tan extraño como una fiesta sin música.

Pero una cosa es animar y otra muy diferente es convertir el estadio en una competencia de quién produce más decibeles.

Hace unos días volví a tener la misma sensación mientras observaba por televisión los partidos entre las Reinas del Caribe y Cuba, correspondientes al NORCECA 2026, celebrados en Santo Domingo.

Allí estaban nuevamente las cornetas.

Las jugadoras saltaban, atacaban, bloqueaban y luchaban cada punto, mientras desde las gradas aparecía aquel sonido que, al menos para mis oídos, parecía no terminar nunca.

Y entonces pensé: definitivamente estoy viejo.

Porque llegué a una conclusión que quizás hace algunos años me habría parecido absurda: hay deportes que prefiero seguir viendo por televisión.

No porque no me guste el ambiente de un estadio. Al contrario. He disfrutado de partidos, he sentido la emoción de una multitud y sé perfectamente que estar presente en un evento deportivo tiene una magia que ninguna pantalla puede reproducir.

Pero cuando aparecen las cornetas, esa magia desaparece para mí.

Y hay algo más: sigo creyendo que los aplausos, los gritos y los cantos son la mejor manera de demostrar la satisfacción por una buena jugada, celebrar un punto o festejar un triunfo.

Un aplauso puede decirlo todo. Un grito colectivo puede estremecer un estadio. Un canto puede convertirse en la identidad de una afición. Son expresiones de alegría que nacen de manera natural y que, además, permiten que el entusiasmo sea compartido sin necesidad de convertirlo todo en un estruendo permanente.

Quizás sea una cuestión generacional. Quizás otros piensen diferente. Pero para mí, el verdadero sonido de un estadio sigue siendo el de miles de personas aplaudiendo, gritando y cantando por su equipo.

No hace falta una corneta para demostrar pasión.

Tal vez la juventud tenga más tolerancia al ruido. Tal vez los tiempos hayan cambiado. Tal vez los estadios de hoy simplemente exigen otra manera de vivir el deporte.

O tal vez, sencillamente, estoy viejo.

Y si es así, lo acepto.

Solo les pido una cosa: si algún día me invitan a un partido, no me sienten cerca de las cornetas.

Porque viejo o no, todavía quiero disfrutar el juego.

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