“El mediocre es incapaz de admiración, y por eso teme toda superioridad.” — José Ingenieros
La envidia y el resentimiento, aunque surgen como emociones individuales, adquieren una dimensión estructural cuando se normalizan en la cultura pública. En ese tránsito dejan de ser meras pasiones privadas para convertirse en fuerzas que modelan la vida social. Allí donde estas emociones predominan, la excelencia deja de ser aspiración y comienza a ser sospecha.
El filósofo Friedrich Nietzsche analizó el resentimiento (ressentiment) como una forma reactiva de moralidad. En La genealogía de la moral sostuvo que “la rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se vuelve creador”. El resentido, incapaz de afirmar su propia potencia, invierte los valores: convierte la fortaleza en abuso, la superioridad en injusticia y el mérito en privilegio indebido. No compite ni crea; desacredita.
En el pensamiento hispanoamericano, José Ingenieros, en su ensayo El hombre mediocre, describió la mediocridad como una actitud moral antes que como una limitación intelectual. “El mediocre es incapaz de admiración”, afirmó con severidad. La incapacidad de admirar implica una renuncia a reconocer jerarquías cualitativas. Quien no puede admirar tampoco puede aspirar a superarse; opta, en cambio, por la nivelación.
Por su parte, José Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, advirtió sobre el ascenso del “hombre-masa”, aquel que “se siente perfecto” en su medianía y no admite instancias superiores a sí mismo. Cuando esa actitud se generaliza, la sociedad pierde criterios de excelencia y sustituye la exigencia por la complacencia.
La convergencia entre envidia, resentimiento y mediocridad produce efectos visibles: degradación del debate público, banalización del conocimiento, hostilidad hacia quienes destacan y sospecha sistemática del mérito. La excelencia deja de inspirar y comienza a incomodar. Se instala entonces una cultura de la nivelación hacia abajo, donde el esfuerzo es relativizado y el talento cuestionado.
Frente a este escenario, la alternativa ética no es la sumisión ante la superioridad, sino la recuperación de la admiración como virtud intelectual. Admirar no significa abdicar del juicio crítico, sino reconocer en el otro una posibilidad de crecimiento propio. Una comunidad que no sabe admirar termina castigando aquello mismo que necesita para progresar.
En última instancia, el problema no es la existencia de hombres y mujeres excepcionales, sino la incapacidad colectiva para convivir con la excelencia sin convertirla en amenaza. Cuando la mediocridad teme la superioridad, la sociedad entera se empobrece.
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Referencias biográficas y bibliográficas
Friedrich Nietzsche (1844–1900). Filósofo alemán, influyente en la filosofía moral y la crítica cultural contemporánea.
.-La genealogía de la moral (1887).
José Ingenieros (1877–1925). Médico, sociólogo y ensayista argentino-italiano, referente del pensamiento positivista latinoamericano.
.-El hombre mediocre (1913).
José Ortega y Gasset (1883–1955). Filósofo y ensayista español, figura central del pensamiento liberal europeo del siglo XX.
.-La rebelión de las masas (1930).





