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Cuentos que me contaron: Anatomía de una caída en junio

Cuentos que me contaron: Anatomía de una caída en junio

15 febrero 2026 Arismendy La Paz Cultura Locales Opiniones

Una memoria de honor y polvo en las patronales de Río San Juan

Río San Juan amaneció bajo un sol limpio y vibrante, derramándose sobre los techos de zinc y las fachadas gastadas por la sal y el tiempo. El aire olía a mar, a ron, a cuero engrasado y a tierra removida por los cascos. Era 24 de junio, día de San Juan Bautista, y el corazón de las patronales latía en cada esquina.

Desde temprano, el pueblo respiraba caballo, música y expectación, como si cada calle supiera que ese día no sería uno cualquiera.

Por los caminos polvorientos fueron llegando jinetes de todos los pueblos y parajes vecinos, donde el monte aún guarda secretos. Algunos traían caballos de paso fino, elegantes como si caminaran sobre agua; otros venían con lanzas listas para desafiar la prueba mayor. Pero también llegaron muchos que no buscaban trofeos: hombres y mujeres dispuestos a tomar las calles como pasarelas de su orgullo, desfilando con sombreros nuevos, monturas relucientes y miradas que pedían ser vistas.

LA CORRIDA DE CINTAS

La calle Mella, corazón del ritual, estaba preparada.

Un cordón grueso cruzaba la vía de acera a acera, tenso como un nervio. De él pendían argollas sujetas por hilos finos, temblando con la brisa, frágiles y esquivas. A cada jinete que lograba insertar su lanza en una argolla, le colocaban una cinta en el pecho —roja, azul o amarilla— vibrante contra la camisa. Quien acumulara más cintas sería el ganador: no por azar, sino por pulso y precisión.

La multitud se agolpaba tras barandas improvisadas. Niños con los ojos abiertos como ventanas, mujeres resistiendo el sol con pañuelos y abanicos, hombres opinando con la autoridad de expertos. El polvo subía como una marea seca al compás de las herraduras.

Fue entonces cuando apareció don Rodrigo.

Bajó del campo con la gravedad de quien se sabe observado. La camisa blanca, almidonada como papel nuevo; el pantalón de kaki tan bien planchado que el filo parecía cortar la luz. Venía erguido sobre su caballo, con la dignidad sentada a su lado.

Avanzó hacia el cordón. Las argollas temblaron. La gente contuvo el aliento. Don Rodrigo ajustó la postura.

Y en pleno centro de la calle, frente a todos, el caballo decidió torcer la historia.

Dio un brinco seco.

Don Rodrigo salió despedido y cayó sentado en medio de la calle. Se hundió en el polvo con un golpe que dejó al pueblo en silencio. Ni música. Ni murmullos. Solo el eco breve de la caída.

Pero se levantó de inmediato. Se sacudió el pantalón, acomodó el sombrero y montó otra vez, como si nada hubiera ocurrido.

Cabalgó hasta que el bullicio quedó atrás. Donde el camino se vuelve monte y el silencio pesa distinto, detuvo el caballo.

Miró a la derecha: nadie.

Miró a la izquierda: nadie.

Descendió con cuidado, llevó ambas manos a la última vértebra de su espalda y respiró hondo. Luego alzó la vista hacia el cielo abierto, inmenso, indiferente, y gritó al universo:

—¡Ay Dios mío…..estoy matao!

En la calle Mella, mientras tanto, las lanzas siguieron atravesando el aire y las cintas acumulándose en pechos orgullosos.

Don Rodrigo no regresó.

Hasta hoy nadie sabe si volvió a correr en otras patronales. Pero su caída —y aquel grito lanzado al cielo— quedó sembrado en la memoria del pueblo, mezclado con el polvo, las herraduras y las cintas que todavía brillan cada 24 de junio.

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