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El juicio a Jesús

El juicio a Jesús

7 abril 2017 Eduardo Jorge Prats Opiniones

El juicio a Jesús es el proceso jurisdiccional más importante en la historia de la Humanidad. No importa si se es cristiano o no, si se es religioso, ateo o agnóstico: en cualquier caso, el arresto, juicio, condena y muerte de Jesús marcan un antes y un después en la historia humana, lo que explica por qué su estudio, sea desde la perspectiva teológica, exegética, histórica o jurídica, ha centrado la atención de miles de académicos desde la muerte misma de Jesús. La aproximación a este proceso se complica, sin embargo, porque, aparte de lo que dice la Biblia, es muy poco, desde el punto de vista de la evidencia, lo que puede tener a su disposición el investigador que se atreva a emprender tan difícil tarea. No solo es que no hay grabaciones de audio, videos subidos a youtube o wikileaks de las conversaciones sostenidas o correos enviados hace más de dos milenios por los jefes religiosos judíos y las autoridades romanas, es que, por si esto fuera poco, tampoco se cuenta siquiera con escritos de la mano de quien, desde que nació hasta que murió, fue considerado un judío marginal en una provincia abandonada en la frontera oriental del Imperio romano. Sin embargo, pese a estas inevitables restricciones para la investigación, y gracias a la enorme atracción que ejerce la vida, obra, pensamiento y muerte de Jesús, es inmensa la cantidad de estudios sobre el juicio a Jesús.

Hay dos tesis claramente diferenciadas en los análisis del proceso a Jesús. La posición tradicional, a partir de los Evangelios, resalta una multiplicidad de momentos donde los líderes religiosos judíos trataban de encontrar a Jesús en violación del Derecho hebreo, viniendo a ser el juicio a Jesús la culminación de un proceso de creciente hostilidad de la máxima autoridad religiosa de Israel -el Sanedrín de Jerusalén- y de parte del pueblo judío. Frente a esta tesis, a la que se le acusa de haber fomentado el anti semitismo entre los cristianos, una corriente de estudiosos sostiene que Jesús en realidad fue un rebelde nacionalista judío, asociado a grupos radicales como los zelotes, y que si fue condenado por un crimen no fue por haber violado las leyes religiosas judías, sino por atentar contra el dominio romano en Palestina. En ambas tesis se resalta la violación del debido proceso de ley en el juicio a Jesús: en la primera, para señalar el afán de los líderes religiosos judíos de condenar y matar a toda costa a Jesús, aun ello implicara la violación de las normas procesales vigentes; y, en la segunda, para evidenciar cómo la celebración de un proceso conforme narran los evangelistas es una violación tan grosera de las leyes judías que tal juicio no pudo haber ocurrido conforme narran las Escrituras. Entre las violaciones más groseras se cuenta, por ejemplo, que Jesús fue detenido mientras descansaba en un huerto, a pesar de que, según el Talmud, el Sanedrín sólo podía ordenar el apresamiento de alguien si era encontrado cometiendo en flagrancia un delito.

Hay una tercera teoría a la que, bajo reservas, me adhiero. Esta teoría, defendida por José María Ribas Alba en su obra “Proceso a Jesús”, afirma que Jesús violó dos ordenamientos jurídicos: el judío y el romano, originándose así paralela y simultáneamente dos juicios o procesos, en los cuales se respetó la legalidad sustancial y procesal de la época. Su autoproclamada filiación divina, suponía para Jesús, por un lado, la comisión del delito de blasfemia judío –solo Dios podía hacer tal afirmación- y el de lesa majestad romano –en tanto socava la autoridad del emperador romano, quien también es hijo de un dios. Se trata, según Ribas Alba, de dos procesos interconectados, en tanto que el delito de blasfemia judío y el de lesa majestad son delitos político-religiosos, por lo que no se debe hablar, como es frecuente en la literatura al respecto, de un proceso religioso, el judío, y de otro político, el romano. Y es que “tanto la teología política judía como la romana no podían admitir el nacimiento de una doctrina que ponía en cuestión sus fundamentos más profundos y en ambas instancias lo religioso y lo político se mezclaban de una forma difícil de captar desde la mentalidad moderna.”

Comparto esta tesis, aunque considero que no es incompatible con la muy posible violación de la legalidad en ambos procesos, el judío y el romano, máxime cuando la teología política de la época de Jesús, tanto la judía como la romana, originaban procesos en donde la carga político-religiosa de las acusaciones y del Derecho aplicado para juzgarlas podían conducir a una politización extrema de la justicia que, al final, terminaba distorsionando y desvirtuando la legalidad formal y positiva. Esta politización de la justicia fue aún mayor porque Jesús no era un hombre del establishment. Mejor todavía: Jesús cuestionó los fundamentos del sistema religioso-social judío, lo que explica por qué al final su mensaje tuvo consecuencias políticas. Ahora bien, contrario a lo que postulan algunos teólogos de la liberación, Jesús no fue un partidario de una revolución político-social (“Dad al Cesar lo que es del Cesar”). Pero su mensaje de “ama al prójimo como a ti mismo”, de perdón, de disposición permanente de servicio a los demás y de exaltación de los pobres, excluidos, enfermos, marginados, humildes y pacíficos, es profundamente revolucionario, muchísimo más que defender la nación judía frente a la opresión política del Imperio romano (“Mi reino no es de este mundo”). Puede afirmarse entonces, junto con Hans Küng, que Jesús murió por obra de los guardianes del Derecho, de la religión y de la moral sencillamente por ser “más revolucionario que los revolucionarios”.

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