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El artículo de hoy bien pudiera estar designado a reivindicar la entrega del 7 de octubre titulado “Lula es caballo de fondeo”, tras el resultado del balotaje en Brasil, donde el presidente Lula da Silva triunfó en condiciones épicas y reescribió la historia electoral reciente, pues ningún candidato superado en la primera ronda venció en la segunda.
Mi análisis de entonces no se basó en el deseo de que Lula retuviera el poder, sino en las raíces sembradas por su gobierno en el corazón del Brasil profundo, el que no se visibiliza; en los millones que comían de la basura en medio de peleas con otros que querían esa misma basura y que ni eso era suficiente. Lula sembró, dando razones para vivir a estos millones de excluidos…Y cosechó.
Sin embargo, es oportuno enfocarme hoy en la situación haitiana, no porque sea distinta a lo que era ayer—muertes, secuestros, extorsiones, desplazamientos—sino por algo que considero de mayor calado.
Me refiero al desenfoque en el tratamiento de la cuestión por parte de los actores externos que buscan salida a la situación, pues se centran en la parte principalmente delictiva de estos grupos, pero pierden de vista los ángulos político y sociológico.
A partir del enfoque meramente pandilleril que están dando a los grupos, será difícil combatirlos. En primer lugar, pienso que deberían tratarlos políticamente beligerantes, engatusar a sus líderes por vía de la interlocución y obligarlos—desde esta estrategia—a considerarse relevantes, deponer las armas y dominar a sus seguidores.
No es que ellos sean importantes en términos políticos, sino que se les debe hacer creer que lo son, y de ahí al dominio hay un simple paso.
La otra opción es la de mayor penetración. Está fehacientemente establecido que los delincuentes que mueven importantes sumas de dinero—que es el caso de las milicias haitianas—crean unos vínculos sociales que les sirven de escudo para burlar la autoridad.
Pablo Escobar en Colombia, Joaquín “Chapo” Guzmán en México, y antes que ellos cientos de maleantes a nivel global, actuaron a sus anchas porque crearon redes de complicidad comunitaria que les ayudaban a burlar la persecución estatal.
En Haití se están replicando aquellos modelos. Por consiguiente, mientras se busque combatir estas milicias irregulares con el ejército, lamentamos deducir que el fracaso está asegurado.





