Dedicado con cariño a todos mis amigos cabrereños.
Hasta no hace mucho tiempo en Río San Juan cuando alguien fallecía era velado en su propia casa, casi siempre en la sala. Después de inaugurada la funeraria municipal, tenemos un lugar donde despedir a nuestros muertos.
El 1ro de febrero de 1989 a la edad de 99 años, falleció mi padre Augusto Perozo y como dijimos previamente, procedimos a velarlo en la sala de nuestra casa.
Las mujeres, entre ellas mi madre, hermanas, nietas y gente del pueblo allegada a nosotros se quedaron dentro y los hombres nos recluimos bajo la sombra de los arboles en el patio de la casa.
Estando varios de los hermanos sentados bajo una mata de aguacate, llegó a darnos el pésame y a acompañarnos el amigo y pariente Berto Duval, persona conversadora incansable, con una memoria prodigiosa y facilidad para contar cosas pasadas.
Quién era Berto Duval?
Berto era nativo de Abreu, hijo de Enrique Duval de ascendencia haitiana y de Emilia Alonzo, hija de Manuel Alonzo Bonetti (Manuelico).
Emilia la madre de Berto era hermana de David, padre de Juanito Alonzo.
En resumen Berto y Juanito era primos hermanos y primos segundos de mi madre Margarita Alonzo.
Casó Berto en Río San Juan con Rosa De Salas.
Iniciamos la conversación con Berto a la cabeza y cuando tocamos el tema del costo actual de la vida, refirió Berto lo mucho que valía el dinero y lo poco que costaban los alimentos en épocas pasadas.
Nos contó Berto que siendo aun muy joven antes de venir a residir y trabajar a Río San Juan, su padre le dio un pedazo de monte para que hiciera un conuco en La Loma de Abreu y vendiera los frutos.
Dice Berto que taló aquel monte, lo aró con bueyes y lo sembró de plátanos.
Al ser un terreno virgen y fértil, los plátanos crecieron y parieron de una manera asombrosa. Al estar los plátanos de corte, había que buscarle mercado y decía él que si lo vendía carga a carga se le maduraban en la mata.
Es cuando decide venderlo a uno de los capitanes de barco que venían a Cabrera.
En ese entonces, las provisiones de los comercios que llegaban y los frutos que salían de Cabrera lo hacían por barcos que fondeaban en la playa El Puerto a cierta distancia y luego se hacia el traslado en botes a remos.
Allí a El Puerto se apersonó Berto a tratar de venderle la cosecha al capitán del barco para este revenderla en Puerto Plata. El capitán le dijo que había mucho plátano en esa época, pero que si lo traía a la playa, el trataría de venderlo y a vuelta de viaje traerle el 50 % de lo que produjera la venta.
Como el barco regresaba con poca carga, el capitán le dijo que trajera todo lo que pudiera.
Comenzó Berto a pedir prestado caballos y mulos y cuando reunió 20, a cada montura la cargó con 10 racimos y salió rumbo al puerto. El capitán le había dicho que saldría a la 1:00 pm,pero ya a las 11:00 am estaba Berto llegando con la recua.
Al mirar al horizonte, alcanzó a ver el barco navegando con las velas desplegadas.
Al preguntar Berto a un lugareño por la partida anticipada del barco este le dijo: “el capitán decidió salir a las 10:00 de la mañana antes de que bajara la marea.
Aquello produjo tanta frustración e impotencia en Berto, que con el colín que portaba comenzó a cortar los bejucos que ataban los racimos para dejarlos allí abandonados y es cuando una anciana que vivía en un cerro cerca de la playa le gritó: “No me deje esos plátanos ahí, que se maduran, se pudren y no hay quien aguante los mimes”.
Concluyó Berto diciendo, que aquello fue suficiente para el no volver al conuco y marchar a Río San Juan, donde vivió y trabajó hasta los últimos días de su vida.





