Aquella noche de 1994, José Francisco Peña Gómez bajó a la sede del partido en la avenida Bolívar y cuando entraba al local me dice: compai, apóyeme.
Pronunció un discurso lento, profundo, bien meditado e informó que se desmontaba el plan organizado y listo para ejecución: si Joaquín Balaguer desconocía los resultados de las urnas: sectores jóvenes de las Fuerzas Armadas impondrían la voluntad popular.
Para ello, una de las principales acciones sería matar la culebra por la cabeza: decapitar el balaguerismo y proceder con un Estudio de Estado Mayor que daba como posibles cita de muertos, como muchos, unos 200 esbirros, asesinos y ladrones.
La explicación última de Peña Gómez era “la otra vez que llamé el pueblo a las calles hubo miles de muertos, ahora no se sabe cuánta sangre correría”. Ahí está la historia. Peña contuvo las masas y todos sabemos qué pasó.
En mayo del 2012 el Partido Revolucionario Dominicano ganó las elecciones nacionales y Leonel Fernández, ante el justificado temor de ser sometido a la justicia y encarcelado por la comisión de delitos de corrupción, lo cual provocó que volcara todo el poder del gobierno para impedir el bien ganado puesto de Presidente de la República.
Desde temprano de aquel perfumado día de mayo, comenzaron a llegar informes escandalosos, peligrosos, de violaciones a todo tipo de leyes, acuerdos electorales. Las viejas mañas aprendidas de exiliados cubanos y de trujillistas-balagueristas: trastrueque de urnas, traslado de mesas y colegios, presiones de guardias que no huelen a pólvora y policías acostumbrados a golpear presos amarrados, un río dinero y presionar con helicópteros que sobrevolaron las casas de los dirigentes provinciales. A todo esto, teníamos la Junta Central Electoral a favor del candidato del gobierno.
La indignación y la rabia crecían en todo el país, la efervescencia política es como la gasolina que en ocasiones prende por simpatía.
Aquella vez Hipólito Mejía desmontó cualquier conato de rebelión, conocedor de que la flama está en el corazón y que sólo una cabeza fría que piense más en la democracia que en sí, puede desmontar el fuego. Habló y echó un jarro de agua fría sobre las cabezas.
El domingo pasado los informes llegaron temprano: documentos incompletos, algunos firmados de antemano, desaparición de nuevos inscritos si no favorecían a un determinado candidato, padrones incompletos. Llegada de documentación hasta con 18 horas de retraso.
Un disgusto generalizado, una sola queja extendida sobre la geografía política nacional. Si la tendencia Hipólito 16 tiraba un fósforo se incendiaba el país.
Nuevamente Hipólito, con sabiduría, profundidad, salva al nuevo partido del escándalo, de la división, fortalece la unidad y contribuye a la consolidación del PRM con un amplio y profundo espíritu democrático.
¡Ese es Hipólito Mejía!