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Facundo Brito, un faro en la noche del azar

Facundo Brito, un faro en la noche del azar

1 enero 2026 Arismendy La Paz Cultura Locales Portada

Treinta y nueve años pueden caber en un parpadeo cuando la memoria decide abrir los ojos. La última vez que vi a Facundo Brito Gil fue en 1986, en un pasillo del hospital Padre Billini. Yo realizaba mi práctica de oftalmología; él, mi antiguo compañero de aulas y juegos, estaba allí como paciente.

No cruzamos muchas palabras, pero bastó una mirada —entonces aún posible— para reconocer al muchacho del campo, al pitcher de brazo firme, al que cargaba el amanecer en los pies.

Luego la vida, siempre urgente, siguió su curso. Hasta que hace poco el destino volvió a tocar la puerta, esta vez con el nombre de Facundo asociado a una escena cotidiana y solemne: el saque de las bolas en la Lotería Nacional. Facundo es hoy uno de los no videntes que, con manos seguras, certifican ante millones que el azar también puede ser honesto.

Gracias a la tecnología volvimos a encontrarnos. Y en esa conversación, el tiempo se dobló como una hoja vieja cuidadosamente guardada.

Facundo, de 70 años,  nació en Bejuco Alambre, en Río San Juan, donde la infancia se mide en surcos y sudor. Creció trabajando el campo junto a su padre, machete en mano, arando la tierra, sembrando para sobrevivir. A las cinco de la mañana emprendía, a pie, el camino hacia la escuela de Río San Juan: más de cinco kilómetros de lodo, piedras y silencio, cuando estudiar era también una forma de coraje.

Lo recuerdo en octavo grado, cuando jugábamos pelota. Facundo lanzaba duro. Una vez me dio un bolazo en el brazo que la memoria —exagerada y fiel— todavía conserva. Ya entonces se le notaba una terquedad noble, la del que no se quiebra.

La adolescencia lo llevó por otros rumbos. Dejó el bachillerato en primero —“por razones de mujeres”, confiesa hoy con una sonrisa intacta— y se marchó a Santiago de los Caballeros. En 1979, tras el ciclón David, llegó a Santo Domingo, como tantos, persiguiendo un mañana menos frágil.

Pero la vida, que nunca avisa, le tenía reservada otra prueba. En 1986 le fue diagnosticado con glaucoma. La visión comenzó a apagarse lentamente, como una lámpara al final del aceite. Hubo cirugía, esperanza y, finalmente, la noche total.

En 1987 casó con Mary Jacqueline Álvarez, oriunda de Montecristi, compañera firme y sostén luminoso, con quien procreó tres hijos. A su lado, Facundo entendió que la oscuridad no siempre es ausencia.

Le pregunté si alguna vez sintió rabia al perder la vista. Su respuesta fue serena, casi pedagógica:

—“No. Cuando tú tienes a alguien que te ayude, no tienes por qué ponerte rabioso. Yo tenía a mi esposa y a mi familia”.

Lo que sí lo inquietaba era depender. Sus hermanos, movidos por el amor, acordaron ayudarlo económicamente cada mes. Facundo agradeció, pero no se sintió en paz. Buscó entonces el Patronato Nacional de Ciegos. Allí aprendió braille, el uso del bastón y, sobre todo, el arte silencioso de la independencia.

“Al segundo día de visitar el Patronato le dije a mi madre que ya podía ir solo”, recuerda. Ella, madre al fin, dudó. Días después, fue el propio Facundo quien llevó a la casa a varios de sus compañeros no videntes: hombres y mujeres que vivían en direcciones distintas, tan lejanas como San Cristóbal, y que se desplazaban solos, con horarios precisos y pasos seguros. Aquella visita fue una revelación. La madre entendió que su hijo no caminaba a ciegas, sino con rumbo.

LLEGADA A LA LOTERÍA NACIONAL

Su llegada a la Lotería Nacional ocurrió en 2002, cuando el entonces administrador Aníbal Amparo decidió que la transparencia debía tener manos limpias. Treinta no videntes fueron llamados desde el Patronato. Facundo fue uno de ellos.

Le pregunté si alguna vez intentaron sobornarlo. La respuesta fue breve, como una verdad aprendida temprano:

—“No. Todos saben cómo soy. Yo vengo del campo, de trabajar duro. A mí nadie se atreve a proponerme nada”.

Y cuando alguien le pide un número “seguro”, responde con una filosofía sencilla y profunda:

—“Juéguelo del 1 al 100… y verá cómo te lo saca”.

Facundo Brito Gil no ve, pero camina con certeza. Donde otros tropiezan aun con los ojos abiertos, él avanza guiado por una brújula interior que no falla. Sus manos, las mismas que un día empuñaron el machete y lanzaron la pelota, hoy extraen del bombo números que representan el azar, pero también la confianza pública.

En un país acostumbrado a desconfiar de la suerte y de los hombres, Facundo convierte cada sorteo en un acto de fe civil. No necesita mirar para saber que hace lo correcto. La transparencia, en su caso, no es un discurso: es una forma de estar en el mundo.

Tal vez por eso, cuando el ruido cesa y las bolas vuelven a su encierro metálico, queda flotando una certeza silenciosa: hay hombres que, aun viviendo en la noche, se convierten en faro. Y Facundo, sin ver la luz, la sostiene.

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